El Gobierno presume de “reforzar el tejido familiar” y, al mismo tiempo, trata a 3.000 menores como si fueran piezas intercambiables en un tablero. ¿De verdad creemos que la mejor solución para un niño es enviarlo a cientos de kilómetros de su casa, lejos de sus padres, de sus hermanos y de todo lo que conocen? Resulta incomprensible y casi cruel: por un lado, se llena la boca con discursos de apoyo a la familia; por otro, se toman decisiones que desmienten esa misma retórica.
