No se puede normalizar lo que no es normal. Quemar contenedores y tirar objetos a los agentes de la Policía Nacional no es una travesura, es un delito, y por fin se ha actuado en consecuencia. La detención de tres jóvenes por estos actos vandálicos no solo es una buena noticia para los vecinos que están hartos de sufrir las consecuencias, también es un aviso claro de que la permisividad se ha terminado. No se puede permitir que la violencia, la impunidad o el descontrol se instalen en nuestras calles.
No se puede normalizar lo que no es normal. Quemar contenedores y tirar objetos a los agentes de la Policía Nacional no es una travesura, es un delito, y por fin se ha actuado en consecuencia. La detención de tres jóvenes por estos actos vandálicos no solo es una buena noticia para los vecinos que están hartos de sufrir las consecuencias, también es un aviso claro de que la permisividad se ha terminado. No se puede permitir que la violencia, la impunidad o el descontrol se instalen en nuestras calles.
Pero no basta con detener a quienes prenden fuego al mobiliario urbano. Hay otro problema, más silencioso pero igual de dañino: los vertidos ilegales de escombros en zonas como la barriada del Príncipe Alfonso. A diario aparecen colchones, sacos de obra y todo tipo de basura tirada sin ningún pudor. Es una falta de respeto a la ciudad, a los vecinos y a los servicios públicos. Y, sobre todo, es una práctica que debería conllevar sanciones reales.
Si las autoridades han empezado a dar pasos firmes en la persecución de actos violentos, ahora deben seguir con la misma contundencia en el frente del incivismo. La suciedad no se limpia solo con escobas: hace falta voluntad política y responsabilidad ciudadana. No se puede mirar para otro lado ni seguir justificando lo injustificable.
Los vecinos del Príncipe Alfonso —como los de cualquier otra barriada— merecen vivir en un entorno limpio, seguro y digno. Y para eso no solo hacen falta recursos: hace falta también educación, sanciones cuando corresponda y, sobre todo, ganas de cambiar las cosas. Porque la convivencia empieza por el respeto, y el respeto se demuestra con hechos.
Es el momento de que todos —ciudadanos, instituciones y cuerpos de seguridad— empujen en la misma dirección. Solo así podremos decir, sin miedo a equivocarnos, que en Ceuta se está empezando a poner orden de verdad.
