Cada semana escuchamos a profesionales sanitarios, sindicatos, asociaciones de pacientes e incluso a políticos de la oposición repetir lo mismo: la salud mental necesita más atención. No es un capricho ni una moda pasajera, es una urgencia. Las cifras de depresión, ansiedad o suicidio no dejan de crecer, y aun así, los recursos siguen siendo escasos, las listas de espera interminables y los psicólogos públicos, una especie en peligro de extinción.
