Ceuta es tierra de historia, frontera y mestizaje, pero también de fe arraigada, de esas que no necesitan grandes discursos porque se expresan con el silencio de una lágrima o el murmullo de una promesa. Cada Lunes Santo, la ciudad revive esa emoción al paso solemne del Cristo de Medinaceli, una de las imágenes más queridas por los ceutíes. No hay año que no se repita la escena: personas que lo esperan con devoción, que caminan tras él o que, al verlo, cierran los ojos para pedir lo de siempre o simplemente dar las gracias. Porque en Ceuta, al "Señor de Medinaceli" no se le observa: se le siente.
