Hay algo especialmente repugnante en el acoso laboral: no solo destruye la dignidad de quien lo sufre, también contamina el ambiente de trabajo hasta volverlo irrespirable. Y lo peor es que suele empezar de forma casi invisible, disfrazado de bromas pesadas, comentarios hirientes o exigencias imposibles. Pero todos sabemos cuándo deja de ser una simple falta de educación y se convierte en una agresión sostenida. Y cuando llega a ese punto, lo que ocurre ya no es un conflicto: es violencia.
