No hace falta ser experto en sociología para entender el golpe que supone el Informe FOESSA 2025 para Ceuta. Los datos presentados este martes en la Vicaría son cualquier cosa menos fríos: un 28,5% de la población en exclusión y más de un 15% en exclusión severa. Detrás de cada porcentaje hay un rostro, una historia, una familia que intenta llegar al mes sin romperse. Y eso es lo que más duele: que esta radiografía no descubre nada nuevo para quienes viven la ciudad desde abajo, pero sí lo pone, por fin, negro sobre blanco.
No hace falta ser experto en sociología para entender el golpe que supone el Informe FOESSA 2025 para Ceuta. Los datos presentados este martes en la Vicaría son cualquier cosa menos fríos: un 28,5% de la población en exclusión y más de un 15% en exclusión severa. Detrás de cada porcentaje hay un rostro, una historia, una familia que intenta llegar al mes sin romperse. Y eso es lo que más duele: que esta radiografía no descubre nada nuevo para quienes viven la ciudad desde abajo, pero sí lo pone, por fin, negro sobre blanco.
Las palabras del director de Cáritas Ceuta, Fernando Sotomayor, no son las de un analista distante, sino las de alguien que asiste cada día al desgaste silencioso de cientos de personas. “¿Te puedes imaginar cómo te quedas?”, dijo. Y cualquiera que trabaje con vulnerabilidad sabe que no exagera. Cáritas sostiene lo que puede: alimentación, medicamentos, luz, alquiler… pero la caridad tiene un límite, y el informe viene precisamente a recordarnos que la responsabilidad pública no puede delegarse en la buena voluntad de unos pocos.
El estudio señala sin ambages los dos grandes agujeros por los que se escapa el bienestar en Ceuta: vivienda y empleo. La mitad de los inquilinos está en riesgo de pobreza y los salarios, incluso cuando crecen, pierden valor frente a la inflación. Mientras tanto, los jóvenes, las mujeres y las personas extranjeras se llevan la peor parte. A esto se suma un deterioro de las redes sociales que, aunque todavía resisten en forma de ayuda mutua, se tensan bajo la presión de la escasez.
Pero quizá el dato más inquietante no sea económico, sino moral: casi cuatro de cada diez hogares dicen haber sufrido discriminación. Es difícil construir comunidad cuando una parte siente que no pertenece del todo. Y, sin embargo, el informe también reconoce algo muy ceutí: esa capacidad casi espontánea para apoyarse unos a otros incluso cuando se tiene poco. Es como si la ciudad viviera a contracorriente, resistiendo a pesar de sí misma.
FOESSA no ha venido a repartir culpas, sino a ofrecer una brújula. Su conclusión es clara: el modelo actual está agotado y toca repensarlo desde la justicia social y el cuidado mutuo. Ceuta tiene una oportunidad —quizá la primera bien documentada— para mirarse al espejo y actuar. Ojalá que esta vez los datos no se archiven, porque ya no se trata de estadísticas, sino de dignidad.
