La pregunta que muchos se hacen cuando salen a la luz los interminables casos de corrupción es si realmente queda alguien en el país que esté limpio de culpa. Parece que el desfile de imputados no tiene fin: cuando no es un político, es un alto cargo; si no, un juez, y si no, hasta la realeza. En un país donde el poder y los privilegios se han convertido en terreno fértil para la corrupción, uno se pregunta si existe un rincón en el que la integridad prevalezca sobre los intereses personales.
