En el Ayuntamiento parece que firmar un documento se ha convertido en una aventura épica, digna de Odisea. Los papeles entran por registro y comienzan su peregrinaje por despachos, mesas y cajones, a la espera de que alguien —político, cargo o técnico— tenga a bien estampar su firma. Pero claro, aquí todos tienen sus dudas, sus miedos, sus excusas… y mientras tanto, la administración se ralentiza hasta rozar lo absurdo.
