No siempre hacen ruido, ni dejan marcas visibles, pero las microagresiones en el trabajo existen, duelen y, sobre todo, se acumulan. Un comentario condescendiente, una burla velada, una interrupción constante o una mirada de desdén pueden parecer insignificantes para quien las ejerce, pero para quien las recibe son pequeñas heridas que, con el tiempo, minan la autoestima y el sentido de pertenencia. Que uno de cada seis trabajadores afirme haberlas sufrido debería hacernos reflexionar sobre el tipo de convivencia que promovemos en nuestros entornos laborales.
