Se suele aceptar que en democracia a un político no se le exija un título ni una preparación técnica específica para gobernar. Las urnas premian la representatividad. Sin embargo, lo que es inadmisible y un insulto a los ciudadanos es que la maquinaria que le rodea —la gestión, la planificación y los equipos de Gobierno— adolezca de esa misma alarmante falta de competencia. En Ceuta, tras más de dos décadas bajo el mandato de Juan Vivas, el argumento de la "buena voluntad" ya no sostiene los tejados. Si al político se le exime del currículum (experiencia laboral o empresarial), a su gestión hay que exigirle resultados. Y las cifras gritan que el Ejecutivo suspende con un cero rotundo.