Las llamadas “puertas giratorias” se han convertido en un cáncer para la administración local. Un mecanismo para recolocar a quienes ya no tienen cabida en la política, pero que encuentran siempre una silla libre en algún consejo, dirección o empresa pública. Es el viejo truco del “quítate tú para que me ponga yo”, que convierte el dinero de todos en un colchón para unos pocos. Y lo peor es que ya se ha normalizado.
Las llamadas “puertas giratorias” se han convertido en un cáncer para la administración local. Un mecanismo para recolocar a quienes ya no tienen cabida en la política, pero que encuentran siempre una silla libre en algún consejo, dirección o empresa pública. Es el viejo truco del “quítate tú para que me ponga yo”, que convierte el dinero de todos en un colchón para unos pocos. Y lo peor es que ya se ha normalizado.
Hay nombramientos que podrían tener sentido por la valía de la persona designada. Pero no nos engañemos: la mayoría son favores envenenados, pagos atrasados o simples recolocaciones para mantener a flote a los de siempre. El ciudadano, mientras tanto, ve cómo las instituciones se convierten en una caricatura de sí mismas.
Servilimpce es un ejemplo sangrante. Lo que debería ser una empresa pública centrada en dar un buen servicio de limpieza, se ha convertido en un cortijo tomado por ex políticos que, en vez de aportar, se dedican a reventar desde dentro. Uno coloca a su inseparable compañero en el Consejo de Administración y, juntos, se encargan de dinamitar cualquier avance. Para rematar, cuentan con medios afines que les ríen las gracias, publican bulos y difunden basura con el único objetivo de enmierdar el ambiente y desacreditar el trabajo de quienes de verdad intentan sacar la empresa adelante.
Eso no es política ni gestión, es puro parasitismo. Y lo más grave es que las consecuencias las pagamos todos: un servicio público que debería ser eficaz convertido en un circo de intereses, enfrentamientos y campañas de intoxicación. Servilimpce no está enferma por falta de trabajadores ni de recursos, sino por la peste que suponen estos nombramientos clientelares y sus adlateres.
La administración local debe cerrar de una vez esa “puerta giratoria” que solo sirve para colocar lastres. O se corta de raíz esta práctica, o seguiremos condenados a ver cómo unos pocos utilizan lo público como su salvavidas personal mientras arrastran a la ciudad hacia el descrédito y el estancamiento. Basta ya de sillones regalados y favores disfrazados de gestión.



