Es inconcebible que en una ciudad donde el presidente Juan Vivas no pierde la oportunidad de aparecer en cada inauguración, ya sea una fuente de agua en la parte trasera de la carretera del Serrallo o un equipo que apenas logró salvar la categoría, se ignore el logro significativo de Susana Román al coronarse campeona de España. Esta omisión no solo es un desaire personal, sino una afrenta a los valores deportivos y culturales que, en teoría, deberían ser motivo de orgullo y reconocimiento público.
Es inconcebible que en una ciudad donde el presidente Juan Vivas no pierde la oportunidad de aparecer en cada inauguración, ya sea una fuente de agua en la parte trasera de la carretera del Serrallo o un equipo que apenas logró salvar la categoría, se ignore el logro significativo de Susana Román al coronarse campeona de España. Esta omisión no solo es un desaire personal, sino una afrenta a los valores deportivos y culturales que, en teoría, deberían ser motivo de orgullo y reconocimiento público.
La victoria de Román no es un logro menor; se trata de un hito en la historia deportiva de nuestra comunidad, una muestra de esfuerzo, dedicación y talento que debería inspirar a las generaciones futuras. Sin embargo, el silencio y la ausencia del presidente en este momento refleja una desconexión alarmante con la realidad y las verdaderas prioridades de la ciudadanía. Este tipo de comportamientos socava la moral de nuestros atletas y envía un mensaje desalentador sobre el valor que se otorga a sus sacrificios y éxitos.
En contraste, se observa un despliegue continuo y hasta redundante de presencia institucional en eventos de menor envergadura. No hay inauguración demasiado pequeña ni logro demasiado modesto para el presidente Vivas, quien parece tener un radar infalible para las oportunidades de foto, siempre y cuando no impliquen reconocer a quienes realmente destacan por sus méritos indiscutibles. Este desequilibrio es no solo una cuestión de protocolo, sino de justicia y equidad en la representación y celebración de los éxitos locales.
El desaire a Susana Román es sintomático de una política de gestos vacíos y prioridades distorsionadas. Cuando se celebra más la apertura de una fuente que los logros deportivos de una campeona nacional, se pierde la oportunidad de fortalecer el tejido social y de promover el espíritu de superación y excelencia. Las instituciones deben servir como baluartes de los valores comunitarios, y en este caso, han fallado estrepitosamente en su misión.
