Ceuta ha vivido este Viernes Santo con el alma en vilo y el corazón en la calle. Las cuatro hermandades que han procesionado hoy —el Valle, los Remedios, la Expiración y el Santo Entierro— nos han regalado una jornada cargada de emoción, recogimiento y belleza. Cada una, a su manera, ha sabido tocar el alma de quienes las contemplaban, ya fuera desde un rincón del recorrido o desde el silencio profundo de una oración.
Ceuta ha vivido este Viernes Santo con el alma en vilo y el corazón en la calle. Las cuatro hermandades que han procesionado hoy —el Valle, los Remedios, la Expiración y el Santo Entierro— nos han regalado una jornada cargada de emoción, recogimiento y belleza. Cada una, a su manera, ha sabido tocar el alma de quienes las contemplaban, ya fuera desde un rincón del recorrido o desde el silencio profundo de una oración.
No es fácil ponerle palabras a lo que se siente al ver a la Virgen del Mayor Dolor bajo palio, caminando con la elegancia que da el dolor contenido. Ni describir la solemnidad con la que Cristo de la Expiración se abre paso entre tambores sordos y cirios encendidos. O ese instante único en que el Santo Entierro avanza en medio de un respeto absoluto, como si el tiempo se detuviera para rendir homenaje al misterio de la redención.
Hoy, Ceuta se ha echado a la calle, y no solo por costumbre o tradición. Lo ha hecho con el corazón dispuesto, con la mirada encendida y con una fe que, pese a todo, sigue viva y firme. Porque la Semana Santa en esta ciudad no es solo folclore o espectáculo: es identidad, es herencia y es también esperanza compartida.
Y qué decir de la gente. Familias enteras, abuelos con sus nietos, jóvenes costaleros, nazarenos de mirada emocionada… Todos han formado parte de un mismo latido, de una misma comunión que va más allá de lo religioso. Es en días como hoy cuando uno entiende que la fe, cuando se vive con respeto y entrega, es capaz de sacar lo mejor de una ciudad.
Ceuta, en este Viernes Santo, ha sido un espejo de devoción sincera, una muestra palpable de cómo la fe se transforma en arte, en cultura y en emoción colectiva. Y eso, en los tiempos que corren, no solo es bonito. Es también necesario.
