Mayo se ha despedido con 27 accidentes de tráfico en nuestra ciudad. La cifra, aunque parezca asumible en una capital con tráfico constante y movilidad creciente, no debería pasarnos por alto ni convertirse en un número más en las estadísticas mensuales. Porque detrás de cada accidente hay personas, hay sustos, hay coches destrozados… y en algunos casos, lesiones que cambian rutinas o incluso la vida.
Mayo se ha despedido con 27 accidentes de tráfico en nuestra ciudad. La cifra, aunque parezca asumible en una capital con tráfico constante y movilidad creciente, no debería pasarnos por alto ni convertirse en un número más en las estadísticas mensuales. Porque detrás de cada accidente hay personas, hay sustos, hay coches destrozados… y en algunos casos, lesiones que cambian rutinas o incluso la vida.
No hablamos solo de imprudencias al volante o despistes con el móvil —que también—, sino de una combinación peligrosa entre falta de civismo, prisas mal gestionadas y, en algunos puntos de la ciudad, una señalización que no siempre ayuda. Es preocupante que la mayoría de estos siniestros se concentren en zonas urbanas donde la velocidad no debería superar los 30 km/h.
Lo más inquietante es que esta cifra no ha generado alarma. ¿Nos estamos acostumbrando a los accidentes como si fueran parte inevitable del paisaje urbano? Si es así, vamos mal. Urge una reflexión conjunta entre ciudadanos, administraciones y cuerpos de seguridad para frenar esta tendencia antes de que tengamos que lamentar consecuencias más graves.
La prevención no se consigue solo con multas. Hace falta pedagogía vial, campañas de concienciación, controles visibles y una mejora real en la infraestructura. Y por supuesto, sentido común y respeto entre conductores, peatones y ciclistas. La ciudad es de todos, y todos deberíamos poder movernos por ella sin miedo.
Mayo ya pasó, pero junio apenas comienza. Quizá sea un buen momento para pisar un poco menos el acelerador —en todos los sentidos— y pensar más en los demás cuando nos ponemos al volante.
