La recuperación de la antigua locomotora Ceuta nº 1 no es solo una buena noticia cultural, es también una declaración de intenciones. En una ciudad acostumbrada a mirar siempre hacia el futuro inmediato, detenerse a cuidar y contar su pasado es un ejercicio sano y necesario. Y hacerlo, además, de forma creativa y accesible, tiene aún más mérito.
La recuperación de la antigua locomotora Ceuta nº 1 no es solo una buena noticia cultural, es también una declaración de intenciones. En una ciudad acostumbrada a mirar siempre hacia el futuro inmediato, detenerse a cuidar y contar su pasado es un ejercicio sano y necesario. Y hacerlo, además, de forma creativa y accesible, tiene aún más mérito.
Las visitas teatralizadas en la Estación de Ferrocarril demuestran que el patrimonio no tiene por qué ser algo estático, encerrado tras una vitrina. Al contrario, cuando se le da vida, cuando se cuenta con emoción y cercanía, conecta con la gente y despierta curiosidad, especialmente entre quienes nunca habían oído hablar del ferrocarril Ceuta-Tánger ni de lo que supuso para la ciudad.
Hay también un acierto claro en el tono elegido: divulgativo, cercano y pensado para todos los públicos. El teatro, la ambientación y los pequeños detalles narrativos convierten la historia en algo comprensible y, sobre todo, memorable. No se trata solo de aprender, sino de sentir por un momento cómo era la Ceuta de hace casi un siglo.
En tiempos en los que se reclama identidad, convivencia y orgullo de ciudad, iniciativas como esta ayudan a reforzar esos vínculos. Mirar atrás, cuando se hace bien, no es nostalgia vacía, sino una forma de entender quiénes somos y por qué estamos aquí. Y si además se hace con una sonrisa, mucho mejor.
