Hace justo un año que varias familias ceutíes tuvieron que abandonar sus viviendas en el edificio de González de la Vega, declarado en ruina. Les prometieron una solución “temporal” y las alojaron en el Hotel Puerta de África mientras se buscaba una alternativa digna. Doce meses después, siguen allí, viviendo entre maletas, incertidumbre y promesas rotas. Lo temporal se volvió eterno, y lo que empezó como un parche de emergencia se ha convertido en una herida abierta para decenas de personas.
Hace justo un año que varias familias ceutíes tuvieron que abandonar sus viviendas en el edificio de González de la Vega, declarado en ruina. Les prometieron una solución “temporal” y las alojaron en el Hotel Puerta de África mientras se buscaba una alternativa digna. Doce meses después, siguen allí, viviendo entre maletas, incertidumbre y promesas rotas. Lo temporal se volvió eterno, y lo que empezó como un parche de emergencia se ha convertido en una herida abierta para decenas de personas.
La situación roza lo inverosímil: en cuestión de semanas, la gestión del hotel pasará a manos de una empresa privada, y nadie ha explicado qué será de esas familias. Ni protocolos, ni planes, ni siquiera una palabra clara sobre su futuro. Y mientras tanto, ellos siguen en habitaciones que no son hogar, sin cocina, sin intimidad, sin vida cotidiana. Lo peor no es solo la precariedad material, sino la angustia de no saber qué pasará mañana.
Hablar de falta de previsión es quedarse corto. Lo que se está viendo aquí es una mezcla de desidia y falta de empatía por parte de quienes deberían estar al frente de una política social seria y humana. No estamos hablando de números ni expedientes administrativos, sino de personas con niños, mayores o dependientes que merecen algo más que el silencio institucional.
Lo más preocupante es la normalización del abandono. Parece que ya nos hemos acostumbrado a que la respuesta llegue tarde o, directamente, no llegue. No se puede presumir de gestión mientras hay familias que llevan un año viviendo en un hotel porque nadie ha sido capaz de ofrecerles una alternativa real. La ciudad no puede mirar hacia otro lado.
Ha pasado un año, y las promesas se las ha llevado el viento. Pero los afectados siguen ahí, esperando una llamada que nunca llega. Si de verdad queremos hablar de dignidad y derechos, el primer paso es dejar de tratar la vivienda como un favor y empezar a verla como lo que es: una obligación moral y una responsabilidad pública.
