Cuando el PP reclama al Gobierno la misma sensibilidad con los médicos que la demostrada con Junqueras, no está lanzando un eslogan vacío, sino poniendo el dedo en una llaga que escuece desde hace tiempo. En sanidad se piden gestos, diálogo y seriedad, pero lo que llega es una sensación de improvisación constante y de prioridades mal colocadas.
Cuando el PP reclama al Gobierno la misma sensibilidad con los médicos que la demostrada con Junqueras, no está lanzando un eslogan vacío, sino poniendo el dedo en una llaga que escuece desde hace tiempo. En sanidad se piden gestos, diálogo y seriedad, pero lo que llega es una sensación de improvisación constante y de prioridades mal colocadas.
Las comunidades autónomas gobernadas por el PP han respondido con una carta clara a la ministra de Sanidad: quieren diálogo, sí, pero no a cualquier precio. Reclaman respeto a las competencias, transparencia y rigor técnico, algo básico cuando se habla de reformar el Estatuto Marco que afecta a miles de profesionales. No parece mucho pedir, sobre todo en un sistema que ya va bastante justo de recursos y de paciencia.
El problema, según denuncian, es que el Gobierno ha optado por preacuerdos parciales con algunos colectivos, dejando fuera a otros, y luego pretende que las comunidades carguen con las consecuencias. Sin informes sólidos, sin números claros y con un clima de confrontación creciente, resulta difícil no pensar que se está jugando a dividir para ganar tiempo.
Al final, la sensación es que hay decisiones que se toman con lupa política y otras que se despachan con prisas. Y eso, en sanidad, se paga caro. Porque lo que está en juego no es solo un pulso entre administraciones, sino la calidad del sistema y el respeto a quienes lo sostienen cada día.
Por eso muchos consideran imperdonable el coste que el sillón de Sánchez está teniendo para los españoles, tanto en la economía como en la salud. Gobernar exige sensibilidad, sí, pero con todos, no solo con quienes conviene en cada momento.
