Cuando se lanzó la campaña turística “Ceuta. Menos de lo mismo”, más de uno arqueó la ceja. En un mundo donde todos los destinos prometen ser únicos, inolvidables y diferentes, apostar por el “menos de lo mismo” sonaba casi a rendición. La propuesta de la Ciudad Autónoma de Ceuta parecía un chiste interno difícil de entender, un mensaje críptico en medio del ruido publicitario de playas paradisíacas y sonrisas de catálogo.
Cuando se lanzó la campaña turística “Ceuta. Menos de lo mismo”, más de uno arqueó la ceja. En un mundo donde todos los destinos prometen ser únicos, inolvidables y diferentes, apostar por el “menos de lo mismo” sonaba casi a rendición. La propuesta de la Ciudad Autónoma de Ceuta parecía un chiste interno difícil de entender, un mensaje críptico en medio del ruido publicitario de playas paradisíacas y sonrisas de catálogo.
La desconfianza era lógica. El anuncio era raro, incluso incómodo. No seguía el guion clásico del turismo aspiracional y eso, de entrada, desconcierta. Pero precisamente ahí estaba la clave: obligaba a mirar dos veces, a escuchar hasta el final, a preguntarse qué quería decir realmente. Y cuando se entendía el mensaje —esa invitación a romper con lo previsible y descubrir un destino que no se parece a ningún otro— todo cobraba sentido.
El reconocimiento en los Premios Shot no ha hecho más que confirmar que arriesgar, a veces, compensa. Lo que comenzó como una campaña cuestionada terminó siendo un ejemplo de cómo la creatividad puede abrirse paso incluso cuando no encaja en los moldes habituales. No era “menos”, era más ingenio, más personalidad y más identidad propia.
Quizá lo más interesante de todo esto es la lección de fondo: no siempre hay que gustar a la primera. En tiempos de consumo rápido, donde todo se decide en tres segundos, apostar por una idea que requiere reflexión es casi un acto de valentía. Ceuta, con su mezcla cultural y su carácter fronterizo, necesitaba precisamente eso: una campaña que no fuera “más de lo mismo”.
Al final, lo que parecía un error estratégico resultó ser un acierto rotundo. Nadie confiaba demasiado en aquel anuncio extraño, pero cuando el público hizo clic, el mensaje se volvió poderoso. Y eso, en publicidad —y en turismo— vale oro.
