Mohamed Mustafa parece haber olvidado que Ceuta es una ciudad española en la que nadie tiene que pedirle permiso para entrar, opinar o defender sus ideas. El diputado de Ceuta Ya! vuelve a demostrar que tiene la piel muy fina cuando escucha algo que no le gusta, pero bastante facilidad para repartir descalificaciones a quienes no comparten sus planteamientos. Ahora le ha tocado a Vito Quiles, al que señala como agitador, como si Mustafa tuviera autoridad para decidir quién puede visitar nuestra ciudad y quién no. Conviene recordarle algo elemental: Ceuta no es su cortijo, ni la libertad de expresión depende de su visto bueno.
Mohamed Mustafa parece haber olvidado que Ceuta es una ciudad española en la que nadie tiene que pedirle permiso para entrar, opinar o defender sus ideas. El diputado de Ceuta Ya! vuelve a demostrar que tiene la piel muy fina cuando escucha algo que no le gusta, pero bastante facilidad para repartir descalificaciones a quienes no comparten sus planteamientos. Ahora le ha tocado a Vito Quiles, al que señala como agitador, como si Mustafa tuviera autoridad para decidir quién puede visitar nuestra ciudad y quién no. Conviene recordarle algo elemental: Ceuta no es su cortijo, ni la libertad de expresión depende de su visto bueno.
Lo verdaderamente preocupante es que esta actitud parece haberse convertido en una constante. Ahí sigue, sin resolverse políticamente, el lamentable episodio de la declaración de Santiago Abascal como persona non grata, una decisión que el presidente Juan Vivas debería haber tenido el coraje de impulsar para su revocación hace tiempo. Porque una cosa es discrepar de un dirigente político y otra muy distinta utilizar las instituciones para señalar a quien piensa diferente. Y si Vivas no ha sido capaz de cerrar aquella herida, tampoco puede eludir su responsabilidad. Ceuta necesita un presidente que gobierne sin complejos, no uno que parezca condicionado por el temor a contrariar a determinados diputados.
Mustafa debería explicar por qué le incomoda tanto la presencia de determinadas voces que reivindican con contundencia la españolidad de Ceuta. Porque defender que Ceuta es España, que su soberanía no se negocia y que quienes hayan entrado irregularmente deben someterse a los procedimientos legales de devolución no convierte automáticamente a nadie en fascista ni en racista. La legalidad no cambia según la religión, la nacionalidad o el origen de las personas. Y tampoco se puede utilizar la convivencia, de la que tanto presumimos los ceutíes, como excusa para silenciar cualquier crítica a la gestión de una crisis migratoria que ha puesto a nuestra ciudad contra las cuerdas.
Resulta igualmente llamativo que Mustafa dedique tanta energía a combatir a sus adversarios políticos mientras sus posiciones suscitan cada vez más interrogantes sobre la firmeza con la que defiende los intereses de Ceuta frente a las pretensiones de Marruecos. No se trata de cuestionar su derecho a discrepar, sino de exigirle la misma contundencia ante quienes ponen en cuestión nuestra integridad territorial. Porque la soberanía española de Ceuta no admite ambigüedades, y mucho menos después de lo sucedido los días 30 y 31 de julio. La defensa de nuestra ciudad debería estar por encima de cualquier cálculo partidista.
Ya está bien de convertir cualquier discrepancia en una supuesta agresión ideológica y de sacar a pasear las etiquetas de "fascista" o "racista" con una ligereza que termina vaciándolas de significado. Ceuta necesita políticos capaces de defender sus intereses, exigir responsabilidades y plantar cara a cualquier amenaza contra su estabilidad, no representantes empeñados en decidir quién merece ser escuchado. Mohamed Mustafa puede criticar a Vito Quiles, a Santiago Abascal o a quien considere oportuno. Está en su derecho. Pero que no olvide que los demás tenemos exactamente el mismo derecho a criticarlo a él. Y, sobre todo, que nadie le ha entregado las llaves de Ceuta para decidir quién entra, quién habla y quién tiene derecho a defenderla.