Hay lugares donde trabajar se parece más a resolver un acertijo que a cumplir con tus obligaciones diarias. Eso es justo lo que está pasando con el caos organizativo de Servilimpce: nadie sabe a quién dirigirse, con quién hablar ni qué decisión tomar. Lo que debería ser una estructura clara se ha convertido en un laberinto donde cada puerta lleva a otra aún más confusa.
Hay lugares donde trabajar se parece más a resolver un acertijo que a cumplir con tus obligaciones diarias. Eso es justo lo que está pasando con el caos organizativo de Servilimpce: nadie sabe a quién dirigirse, con quién hablar ni qué decisión tomar. Lo que debería ser una estructura clara se ha convertido en un laberinto donde cada puerta lleva a otra aún más confusa.
El problema no es solo la falta de información, sino la sensación constante de desamparo. Un día te dicen que vayas a Servilimpce, al siguiente que preguntes en Acemsa, luego que subas a la tercera planta… y, si todo falla, que intentes hablar con el presidente. El trabajador, mientras tanto, queda atrapado en medio de ese ir y venir, sin respuestas y con la frustración acumulándose.
Y cuando alguien se atreve a pedir explicaciones, empieza el clásico juego de echar balones fuera. La responsabilidad va pasando de mano en mano, siempre de abajo hacia arriba, como si fuera una patata caliente que nadie quiere sostener. Pero al final, como suele pasar, todo termina en el mismo despacho.
Porque sí, señor Vivas, cuando la cadena de mando falla, cuando nadie da la cara y cuando las soluciones no llegan, el foco acaba apuntando al de siempre. No es una cuestión de señalar por señalar, sino de asumir que liderar también implica poner orden cuando el sistema hace aguas.
Así que quizá ha llegado el momento de dejar de mirar hacia otro lado y empezar a aclarar quién hace qué y quién responde por ello. Porque si no, este caos no solo seguirá creciendo, sino que alguien terminará pagando el vino que otros se han bebido.
