Ceuta es una ciudad única, y pocas cosas lo demuestran mejor que la manera en la que celebra su diversidad. La ruptura del ayuno institucional, con representantes de todas las sensibilidades políticas y sociales compartiendo mesa no es solo un gesto simbólico. Es un recordatorio de que aquí la convivencia no es una palabra vacía, sino una realidad que sigue latiendo fuerte.
Ceuta es una ciudad única, y pocas cosas lo demuestran mejor que la manera en la que celebra su diversidad. La ruptura del ayuno institucional, con representantes de todas las sensibilidades políticas y sociales compartiendo mesa no es solo un gesto simbólico. Es un recordatorio de que aquí la convivencia no es una palabra vacía, sino una realidad que sigue latiendo fuerte.
En un tiempo en el que el discurso del enfrentamiento gana terreno, ver a autoridades y ciudadanos reunidos para respetar y compartir una tradición como el Ramadán es un soplo de aire fresco. No se trata solo de religión, sino de reconocimiento mutuo. De saber que, más allá de creencias o costumbres, hay un suelo común donde todos pueden encontrarse.
Pero tampoco conviene caer en la autocomplacencia. La convivencia en Ceuta es fuerte, pero no inquebrantable. Hay quienes buscan tensionarla, quienes solo ven la diferencia como un problema y no como una riqueza. Por eso, estos actos son importantes: porque refuerzan lo que nos une y desmienten a los que apostaron por la división.
El reto es que esta armonía no se queda en la foto de un evento puntual. Hace falta trabajo diario, voluntad política y social, y sobre todo, respeto. Ceuta ha demostrado muchas veces que sabe hacerlo, y esta ruptura del ayuno es una prueba más de que la convivencia aquí no es una utopía, sino un compromiso real.
