Mañana, como en tantas otras ocasiones, se guardará un minuto de silencio por las dos últimas víctimas de la violencia de género. Un gesto solemne, de respeto, de condena. Pero, ¿y después? Pasado ese minuto, la vida sigue, las instituciones continúan con su rutina, y la violencia machista sigue cobrándose vidas. Cada nuevo crimen nos golpea, pero la respuesta sigue siendo la misma: condena, minutos de silencio y promesas de medidas que nunca terminan de frenar esta lacra.
Mañana, como en tantas otras ocasiones, se guardará un minuto de silencio por las dos últimas víctimas de la violencia de género. Un gesto solemne, de respeto, de condena. Pero, ¿y después? Pasado ese minuto, la vida sigue, las instituciones continúan con su rutina, y la violencia machista sigue cobrándose vidas. Cada nuevo crimen nos golpea, pero la respuesta sigue siendo la misma: condena, minutos de silencio y promesas de medidas que nunca terminan de frenar esta lacra.
El problema no es la falta de minutos de silencio, sino la ausencia de soluciones efectivas. No bastan las campañas de concienciación si luego no hay recursos suficientes para que una mujer en peligro pueda denunciar con garantías, recibir protección real o rehacer su vida lejos de su agresor. Se necesita más apoyo en los juzgados, más inversión en casas de acogida, más formación para que nadie minimice una señal de alarma.
Es frustrante ver cómo cada asesinato nos deja en shock, nos indigna, pero no genera un cambio estructural profundo. Hay que pasar de los gestos a los hechos, de las declaraciones a las acciones. Porque de poco sirve la indignación si, al final, seguimos lamentando nuevas víctimas sin haber hecho lo suficiente para evitarlo.
Ojalá llegue el día en que no haya más minutos de silencio porque no haya más asesinatos que llorar. Hasta entonces, que cada minuto guardado nos sirva para recordar que el compromiso contra la violencia de género no puede durar solo sesenta segundos.
