Cada año, las Medallas de la Autonomía deberían ser un momento de consenso y orgullo compartido en Ceuta. Sin embargo, lo que estamos viendo últimamente se parece más a un campo de batalla simbólico que a una celebración institucional. La decisión de Ceuta Ya! de no presentar candidatos, fiel a su línea crítica con las tradiciones locales y su sensibilidad hacia el mundo marroquí, no hace sino reavivar una discusión que lleva tiempo latente: ¿qué estamos premiando exactamente y por qué?
Cada año, las Medallas de la Autonomía deberían ser un momento de consenso y orgullo compartido en Ceuta. Sin embargo, lo que estamos viendo últimamente se parece más a un campo de batalla simbólico que a una celebración institucional. La decisión de Ceuta Ya! de no presentar candidatos, fiel a su línea crítica con las tradiciones locales y su sensibilidad hacia el mundo marroquí, no hace sino reavivar una discusión que lleva tiempo latente: ¿qué estamos premiando exactamente y por qué?
El debate no es menor. Detrás de los nombres propuestos —o de su ausencia— hay una cuestión más profunda sobre la identidad de la ciudad. Las medallas no son solo reconocimientos personales; son también un reflejo de los valores que una sociedad quiere destacar. Si ese consenso se rompe, el galardón pierde fuerza, y con ello parte de su sentido. Y eso es algo que ya empieza a percibirse.
A esto se suma la polémica sobre el propio Día de Ceuta. Para algunos, conmemorar una conquista militar en un territorio que entonces tenía mayoría musulmana resulta, como poco, incómodo. Para otros, es un hecho histórico incuestionable que forma parte de la identidad española de la ciudad. El problema no es tanto el pasado, sino cómo se interpreta y se utiliza en el presente. Y ahí es donde el desacuerdo se vuelve más áspero.
Por si faltaba leña al fuego, propuestas como la del PSOE, que pone sobre la mesa a Adil Mohamed Hachmi, generan aún más controversia. No tanto por su trayectoria personal, sino por la percepción de que su discurso, desarrollado en gran medida fuera de Ceuta, no conecta del todo con la realidad local y, en ocasiones, se apoya en planteamientos discutibles. Esto no ayuda precisamente a calmar los ánimos ni a fortalecer el prestigio del reconocimiento.
Al final, la pregunta es sencilla: ¿queremos unas medallas que unan o que dividan? Si el galardón se convierte en un motivo de disputa constante, corre el riesgo de devaluarse hasta volverse irrelevante. Y eso sería una mala noticia para todos. Porque más allá de ideologías y sensibilidades, Ceuta necesita símbolos que sumen, no que resten.
