Lo de las mascarillas ya roza lo surrealista. Hace unos años, ese material esencial en plena pandemia se convirtió en un manantial de oro para más de un político español con ansias de engordar cuentas bancarias. Mientras la mayoría de la ciudadanía luchaba por conseguir una sola, algunos veían en ellas la oportunidad de hacer negocio y, de paso, demostrar que la ética era un accesorio prescindible.
Lo de las mascarillas ya roza lo surrealista. Hace unos años, ese material esencial en plena pandemia se convirtió en un manantial de oro para más de un político español con ansias de engordar cuentas bancarias. Mientras la mayoría de la ciudadanía luchaba por conseguir una sola, algunos veían en ellas la oportunidad de hacer negocio y, de paso, demostrar que la ética era un accesorio prescindible.
Hoy, años después, seguimos viendo cómo las consecuencias de aquel desmadre no se han cerrado. Los escándalos se suman uno tras otro, y la sensación de que ciertos responsables se mueven con impunidad sigue intacta. Parece que la ruina de las mascarillas no fue solo sanitaria, sino también moral y económica, dejando a muchos preguntándose si realmente se ha aprendido algo.
Lo más inquietante es que este tipo de prácticas no se agotan con un solo material. Cuando se cierre este capítulo, ¿qué vendrá después? Hay toneladas de recursos y oportunidades esperando a ser convertidos en dinero fácil, y la imaginación de algunos parece ilimitada. La corrupción, al fin y al cabo, siempre encuentra su camino.
Mientras tanto, el resto de nosotros seguimos con el bolsillo más vacío y la paciencia más corta. Cada noticia nueva sobre sobres, contratos y comisiones ocultas nos recuerda que, en algunos despachos, la mascarilla nunca fue para protegernos a nosotros, sino para cubrir algo mucho más oscuro: la avaricia.
Si algo debería quedarnos claro es que la historia de las mascarillas no es solo un recuerdo del pasado reciente; es un espejo que refleja hacia dónde se puede ir cuando la política y el dinero se mezclan sin freno. Y ojo, que el espejo sigue ahí, brillando para los próximos “negocios” que la codicia quiera inventar.
