Es inaceptable. No hay otra forma de empezar cuando hablamos de la agresión sufrida por un vigilante de seguridad en el Hospital Universitario. Un centro sanitario debería ser un espacio de respeto, de calma y de cuidado, no un escenario donde la violencia se convierta en un problema añadido al que ya de por sí soporta nuestro sistema de salud. Lo ocurrido no es un simple altercado: es un ataque directo a quienes están ahí para proteger a trabajadores, pacientes y familias.
Es inaceptable. No hay otra forma de empezar cuando hablamos de la agresión sufrida por un vigilante de seguridad en el Hospital Universitario. Un centro sanitario debería ser un espacio de respeto, de calma y de cuidado, no un escenario donde la violencia se convierta en un problema añadido al que ya de por sí soporta nuestro sistema de salud. Lo ocurrido no es un simple altercado: es un ataque directo a quienes están ahí para proteger a trabajadores, pacientes y familias.
Los vigilantes de seguridad no tienen un trabajo fácil. Son la primera barrera frente a la tensión, los conflictos y, en ocasiones, la falta de civismo. Que uno de ellos termine agredido mientras cumple con su labor demuestra que algo falla en la conciencia colectiva. No se trata solo de un hecho puntual, sino del reflejo de una preocupante falta de respeto hacia las normas más básicas de convivencia.
Es urgente que se refuercen las medidas de seguridad en el Hospital, pero también que se eleve el nivel de responsabilidad ciudadana. No podemos normalizar que quienes se dejan la piel garantizando la seguridad en un espacio tan sensible acaben pagando con su integridad física. Cada agresión es un recordatorio de que estamos fallando como sociedad si permitimos que esto ocurra una y otra vez.
El silencio institucional, o la tibieza a la hora de condenar estos hechos, es igualmente reprochable. No basta con declaraciones de condena: hacen falta medidas claras, sanciones ejemplares y una estrategia firme para proteger tanto a los vigilantes como al personal sanitario. Porque si ellos no pueden trabajar con tranquilidad, los principales perjudicados terminan siendo los pacientes.
La violencia jamás puede ser excusa ni respuesta en un hospital. Quien cruza esa línea debe asumir las consecuencias, sin matices ni atenuantes. Proteger a quienes cuidan y resguardan un lugar tan vital como el Hospital Universitario es, en última instancia, protegernos a todos.
