Hay veces que en política parece que da igual lo que hagas. Si sigues adelante, te critican. Si das un paso atrás, también. Lo ocurrido con Tamara Guerrero y su renuncia a participar en el proceso para cubrir la dirección económica de Servilimpce es un buen ejemplo de ello. Tenía derecho a presentarse, porque la ley se lo permitía y cumplía con los requisitos. Sin embargo, la presión política y el ruido generado a su alrededor terminaron empujándola a apartarse para evitar que la polémica siguiera creciendo.
Hay veces que en política parece que da igual lo que hagas. Si sigues adelante, te critican. Si das un paso atrás, también. Lo ocurrido con Tamara Guerrero y su renuncia a participar en el proceso para cubrir la dirección económica de Servilimpce es un buen ejemplo de ello. Tenía derecho a presentarse, porque la ley se lo permitía y cumplía con los requisitos. Sin embargo, la presión política y el ruido generado a su alrededor terminaron empujándola a apartarse para evitar que la polémica siguiera creciendo.
Lo curioso es que muchos de los que hoy hablan de ejemplaridad han guardado silencio en otras ocasiones mucho más llamativas. Porque no nos engañemos: en la administración y en la política hemos visto casos bastante más discutibles que este y que, aun siendo completamente legales, apenas levantaron una ceja. Entonces nadie hablaba de conflictos éticos, ni de dudas, ni de la necesidad de dar explicaciones. La indignación, como tantas veces, parece depender más de quién sea el protagonista que de los hechos.
Tampoco deja de sorprender que algunas de las críticas hayan llegado desde círculos cercanos. En política abundan los adversarios, pero a veces las puñaladas que más duelen son las que llegan desde dentro. Quienes ayer compartían mesa, estrategia o amistad, hoy se suman al coro de reproches con una facilidad que llama la atención. Es una práctica tan vieja como la propia política.
Seguramente Guerrero pensó que apartarse era la mejor forma de proteger la imagen del Gobierno y evitar que la controversia siguiera creciendo. Es una decisión respetable. Pero también es legítimo preguntarse si realmente era necesario renunciar a un derecho que le asistía o si simplemente acabó pagando el precio de una polémica alimentada por intereses que poco tienen que ver con el procedimiento en sí.
Porque conviene no perder de vista lo esencial: algo puede ser legal y, aun así, generar debate. Lo que no parece razonable es convertir en escándalo aquello que se acepta con normalidad cuando afecta a otros. Si la ejemplaridad va a ser el criterio, debería aplicarse a todos por igual. De lo contrario, no estaremos hablando de ética pública, sino simplemente de una vara de medir que cambia según a quién toque juzgar.
