La Misa de Romero no es solo un acto litúrgico: es el pistoletazo de salida de un sentimiento que desborda lo religioso y cala en lo más hondo de la identidad de muchos ceutíes. Este año, como siempre, la parroquia de San Francisco se llenó de color, incienso y vivencias compartidas para despedir a la Hermandad del Rocío de Ceuta en su camino hacia la Blanca Paloma. Se descorrió así el telón de una peregrinación que no entiende de distancias, porque el corazón de Ceuta late, durante estos días, al ritmo de Almonte.
La Misa de Romero no es solo un acto litúrgico: es el pistoletazo de salida de un sentimiento que desborda lo religioso y cala en lo más hondo de la identidad de muchos ceutíes. Este año, como siempre, la parroquia de San Francisco se llenó de color, incienso y vivencias compartidas para despedir a la Hermandad del Rocío de Ceuta en su camino hacia la Blanca Paloma. Se descorrió así el telón de una peregrinación que no entiende de distancias, porque el corazón de Ceuta late, durante estos días, al ritmo de Almonte.
No hay Rocío sin camino, pero tampoco sin esa Misa de Romero que hermana a vecinos, familiares y amigos en torno a una misma devoción. Es un acto que resume el espíritu rociero: fe, alegría, sacrificio y comunidad. En Ceuta, esta celebración se ha consolidado como una cita ineludible en el calendario espiritual y festivo de la ciudad. Aquí se mezclan las lágrimas de emoción con los vivas a la Virgen, los trajes de faralaes con la solemnidad del momento. Es un rito que une a generaciones y tiende puentes entre orillas.
La Hermandad del Rocío de Ceuta no solo cruza el Estrecho, sino que representa con orgullo a toda una ciudad que vive intensamente esta devoción. El esfuerzo logístico, el compromiso de los hermanos y el calor del público en cada salida son dignos de admiración. Porque el Rocío no se improvisa: se prepara durante todo un año, con mimo, dedicación y mucha ilusión. Y cuando llega el momento de partir, Ceuta se convierte en un pequeño Almonte, con los corazones puestos en la marisma.
Que la Misa de Romero siga siendo ese faro que marca el inicio del camino, esa cita con la emoción que cada primavera nos recuerda que hay tradiciones que no pasan de moda porque están grabadas en el alma. Y que cada ceutí que pise la arena de la aldea almonteña lleve consigo el cariño de una ciudad que los acompaña, aunque sea en espíritu. ¡Buen camino, peregrinos!
