Cuando un temporal como la DANA azota al país, parece que, junto con la lluvia, se desata una tormenta aún más peligrosa: la de la desinformación. Las noticias no paran de bombardearnos, y cada medio pinta su propia realidad.
Cuando un temporal como la DANA azota al país, parece que, junto con la lluvia, se desata una tormenta aún más peligrosa: la de la desinformación. Las noticias no paran de bombardearnos, y cada medio pinta su propia realidad.
Entre alarmas y desmentidos, parece que nadie tiene claro qué está pasando. Unos dicen que hay que preocuparse; otros, que no es para tanto. Las redes sociales, por su parte, amplifican el caos con bulos y versiones sin contrastar. Al final, cada uno nos quedamos con una versión diferente, sin saber bien cuál es la verdad.
Las contradicciones abundan y la culpa circula de unos a otros sin descanso: el gobierno de turno, las autoridades locales, el rey, la reina… hasta los bomberos entran en el debate. Todos parecen tener algo que decir, pero ¿quién se hace realmente responsable? La ciudadanía observa cómo se suceden los ataques y defensas, y lo que queda es una sensación de que, entre tantas voces, nadie está al mando.
Este caos informativo no solo desorienta, sino que termina desgastando. La sobreexposición de las noticias nos está generando fatiga y desconfianza. Muchos ya ni siquiera se molestan en ver las noticias, o si las ven, es solo para desconectar rápidamente. Los ciudadanos, antes confusos, ahora prefieren no saber: lo que no entienden es cómo pueden recibir informaciones tan opuestas sobre un mismo tema y a diario.
A este problema se le suma la viralidad de las noticias falsas. Basta un mensaje alarmante en redes para que se expanda como la pólvora, generando pánico o, en el mejor de los casos, resignación. La falta de fuentes fiables y la rapidez con la que se difunden estos contenidos están haciendo que el público se vuelva más escéptico y menos dispuesto a confiar en los medios. Como si, entre tanto ruido, nuestra única salida fuera desconectar.
La situación actual nos invita a reflexionar: si cada vez son más los ciudadanos que deciden no escuchar, no ver y no leer, ¿no es un problema más grande que la DANA misma?
