Otra vez se habla del desempleo juvenil como si fuera una novedad. Como si no lleváramos años viendo a miles de jóvenes terminar sus estudios, con ganas de trabajar, con preparación, pero sin oportunidades. Lo más indignante es que las políticas públicas que se suponen diseñadas para combatir este problema parecen hechas más para cubrir el expediente que para dar soluciones reales. Programas que no llegan, cursos que no valen para nada, y convocatorias que parecen un laberinto burocrático más que una puerta al empleo.
Otra vez se habla del desempleo juvenil como si fuera una novedad. Como si no lleváramos años viendo a miles de jóvenes terminar sus estudios, con ganas de trabajar, con preparación, pero sin oportunidades. Lo más indignante es que las políticas públicas que se suponen diseñadas para combatir este problema parecen hechas más para cubrir el expediente que para dar soluciones reales. Programas que no llegan, cursos que no valen para nada, y convocatorias que parecen un laberinto burocrático más que una puerta al empleo.
Y no será por falta de herramientas. El Estado tiene recursos, fondos europeos, programas nacionales y autonómicos, agencias, oficinas, convenios… pero no se usa nada con eficacia. ¿De verdad es tan difícil conectar las necesidades del mercado laboral con la formación de los jóvenes? ¿Tan complicado es impulsar incentivos de verdad para contratar a menores de 30 años? Parece que lo único que saben hacer es marear la perdiz y montar campañas de autobombo mientras la gente joven sigue en la cola del paro o directamente se va del país.
El nivel político, como de costumbre, ronda el perfil alcantarilla: promesas huecas, palabras rimbombantes y ninguna intención real de cambiar nada. Nadie asume responsabilidades ni pone sobre la mesa un plan serio, a largo plazo, que diga: “Vamos a acabar con esta vergüenza”. La realidad es que a muchos les conviene más tener una juventud entretenida en becas mal pagadas y contratos basura, que verlos con estabilidad y capacidad de exigir.
Mientras tanto, los jóvenes se hartan, y con razón. Ven que no se valora su esfuerzo ni su formación, que todo es un sálvese quien pueda. Y lo peor es que empiezan a desconfiar de todo: de la política, de las instituciones, del país. Porque cuando se margina a una generación entera, lo que se pierde no es solo talento: se pierde también esperanza.
¿Hasta cuándo vamos a seguir mirando para otro lado? Porque lo único que sí parece funcionar bien en este país es la capacidad de los políticos para no hacer nada y luego echarle la culpa a otros.
