El cierre de la vista de apelación en el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía vuelve a poner sobre la mesa un daño que no se mide solo en años de condena. Aquí no hubo una única víctima. Hubo una mujer asesinada, sí, pero también hijos marcados para siempre, una familia rota y un vecindario que aún convive con el recuerdo de una violencia que irrumpió donde debía haber seguridad.
El cierre de la vista de apelación en el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía vuelve a poner sobre la mesa un daño que no se mide solo en años de condena. Aquí no hubo una única víctima. Hubo una mujer asesinada, sí, pero también hijos marcados para siempre, una familia rota y un vecindario que aún convive con el recuerdo de una violencia que irrumpió donde debía haber seguridad.
Las secuelas alcanzan a quienes estaban cerca y a quienes solo fueron testigos indirectos. Los vecinos, el entorno escolar, los amigos y la propia ciudad cargan con una herida colectiva que no se cierra con un fallo judicial. Ceuta, como comunidad, perdió una parte de su confianza cuando supo que el horror podía esconderse tras una puerta cualquiera.
Por eso, cuando se habla de recursos, plazos y tecnicismos, conviene no olvidar el impacto humano. La justicia no puede devolver la vida ni borrar el trauma, pero sí debe ser firme y coherente para que el dolor no se convierta en impunidad ni en olvido.
Que el responsable cumpla íntegramente su condena es una exigencia de respeto hacia la memoria de la víctima y hacia todos los que sufren las consecuencias. No se trata de desahogos ni de palabras gruesas, sino de que el castigo legal sea claro y efectivo, y de que la sociedad aprenda que la violencia machista deja cicatrices que alcanzan mucho más allá del hogar donde se produjo.
