Mi Rincón
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Cuando un operativo policial de esta envergadura termina convertido en una sucesión de carreras, cargas, momentos de enorme tensión y agentes tratando de contener una situación que amenaza con desbordarse, alguien tiene que dar explicaciones. Y no hablamos del policía que estaba allí abajo, aguantando el tipo y cumpliendo órdenes. Hablamos de quien estaba arriba, de quien diseñó el dispositivo, calculó los efectivos necesarios y decidió cómo debía ejecutarse el traslado.

Cuando un operativo policial de esta envergadura termina convertido en una sucesión de carreras, cargas, momentos de enorme tensión y agentes tratando de contener una situación que amenaza con desbordarse, alguien tiene que dar explicaciones. Y no hablamos del policía que estaba allí abajo, aguantando el tipo y cumpliendo órdenes. Hablamos de quien estaba arriba, de quien diseñó el dispositivo, calculó los efectivos necesarios y decidió cómo debía ejecutarse el traslado.

Lo ocurrido no puede despacharse como un simple contratiempo. Si había que mover a miles de personas, era perfectamente previsible que el operativo necesitara una organización milimétrica. Había que calcular accesos, recorridos, número de agentes, posibles avalanchas y escenarios de tensión. Para eso existen los mandos. Su trabajo no consiste únicamente en aparecer cuando todo sale bien, sino en asumir responsabilidades cuando una operación de semejante calibre acaba ofreciendo las imágenes que ha ofrecido Ceuta.

Y aquí hay algo especialmente grave: quienes terminaron pagando las consecuencias de los errores fueron los agentes desplegados sobre el terreno. Policías obligados a enfrentarse a situaciones que quizá podrían haberse evitado con otra planificación, más medios o un dispositivo diferente. Mandar también significa proteger a quienes están bajo tus órdenes. Si los colocas innecesariamente ante una situación de riesgo porque el operativo estaba mal planteado, no basta con pasar página al día siguiente.

Por eso corresponde depurar responsabilidades. El mando policial responsable de la organización debe explicar públicamente qué ocurrió y, si se acredita que el dispositivo fue deficientemente diseñado, asumir las consecuencias, incluida la dimisión. En puestos de tanta responsabilidad no puede funcionar aquello de que los éxitos tienen padre y los fracasos son huérfanos. El uniforme de quienes estuvieron dando la cara en la calle merece algo más que silencio desde los despachos.

Ceuta necesita saber qué falló para que no vuelva a ocurrir. Y si hubo errores graves de mando, habrá que cambiar el mando. No como venganza ni buscando una cabeza que exhibir, sino por una cuestión elemental de responsabilidad. Quien dirige una operación también responde por ella. Así de sencillo.

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Ceuta, Sábado 19 de Septiembre del 2026

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