Las recientes detenciones en Marruecos de vigilantes y agentes de apoyo acusados de facilitar la entrada irregular de inmigrantes hacia Ceuta vuelven a dejar una sensación inquietante: la frontera sur sigue siendo un punto extremadamente vulnerable.
Las recientes detenciones en Marruecos de vigilantes y agentes de apoyo acusados de facilitar la entrada irregular de inmigrantes hacia Ceuta vuelven a dejar una sensación inquietante: la frontera sur sigue siendo un punto extremadamente vulnerable.
Cuando incluso quienes deben garantizar el control terminan bajo sospecha, el problema deja de ser puntual para convertirse en estructural. Y mientras tanto, Ceuta continúa soportando una presión migratoria constante que afecta directamente a la seguridad, a los recursos públicos y a la sensación de estabilidad de muchos ciudadanos.
Cada vez son más las voces que reclaman una presencia más contundente del Estado en la frontera. No desde el alarmismo, sino desde la necesidad de transmitir control y capacidad de respuesta. Porque una frontera europea no puede depender únicamente de medidas improvisadas o de soluciones temporales.
La seguridad fronteriza exige cooperación internacional, sí, pero también firmeza y medios suficientes en el lado español. Y quizá ha llegado el momento de que el Gobierno deje de tratar esta cuestión como un problema secundario.
