Mi Rincón
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En solo cuatro meses, cerca de 2.000 inmigrantes han entrado en Ceuta. No es una cifra menor ni un hecho aislado: es la prueba de que algo está fallando de forma evidente en la gestión de nuestras fronteras. Se puede hablar de humanidad, de solidaridad o de derechos, pero hay una realidad incómoda que no se puede maquillar: una frontera no puede convertirse en un coladero permanente sin que eso tenga consecuencias.

En solo cuatro meses, cerca de 2.000 inmigrantes han entrado en Ceuta. No es una cifra menor ni un hecho aislado: es la prueba de que algo está fallando de forma evidente en la gestión de nuestras fronteras. Se puede hablar de humanidad, de solidaridad o de derechos, pero hay una realidad incómoda que no se puede maquillar: una frontera no puede convertirse en un coladero permanente sin que eso tenga consecuencias.

Resulta difícil entender dónde está esa supuesta colaboración de Marruecos que tantas veces se menciona en los discursos oficiales. España no puede sostener por sí sola la presión migratoria mientras el país vecino actúa, en el mejor de los casos, con tibieza. La cooperación no puede ser solo una palabra bonita en acuerdos diplomáticos; debe traducirse en hechos concretos. Y ahora mismo, esos hechos brillan por su ausencia.

A esto se suma el mensaje contradictorio que se lanza desde dentro. Hablar de regularizaciones masivas sin un control efectivo de entradas es, como mínimo, imprudente. Se quiera admitir o no, este tipo de decisiones alimenta la percepción de que entrar ilegalmente puede acabar teniendo premio. Y esa percepción, justa o no, acaba funcionando como un incentivo más para quienes están dudando si dar el paso.

No se trata de negar la realidad humana detrás de cada persona que llega, pero tampoco de asumir que todo vale. Un país tiene derecho —y obligación— de controlar quién entra y en qué condiciones. Sin ese control, no hay política migratoria, solo improvisación. Y la improvisación, en un asunto tan delicado, siempre termina pasando factura.

Lo preocupante no es solo la cifra, sino la sensación de falta de rumbo. Sin una estrategia clara, sin exigencia real a los países de origen y tránsito, y sin coherencia interna, la situación está condenada a repetirse. Y cada vez con más presión, más tensión y menos margen de reacción.

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Ceuta, Domingo 02 de Agosto del 2026

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