Felicitar suele parecer un gesto reservado para quien gana, celebra o alcanza metas visibles. Sin embargo, hoy vale la pena detenernos a felicitar a quienes no están en la foto del triunfo: los hospitalizados, los desfavorecidos, las personas sin techo y todos aquellos que viven en situación de vulnerabilidad. No por romantizar el sufrimiento, sino por reconocer algo mucho más profundo: su resistencia diaria.
Felicitar suele parecer un gesto reservado para quien gana, celebra o alcanza metas visibles. Sin embargo, hoy vale la pena detenernos a felicitar a quienes no están en la foto del triunfo: los hospitalizados, los desfavorecidos, las personas sin techo y todos aquellos que viven en situación de vulnerabilidad. No por romantizar el sufrimiento, sino por reconocer algo mucho más profundo: su resistencia diaria.
A quien está en una cama de hospital, esperando un diagnóstico o soportando un tratamiento largo, hay que felicitarlo por levantarse cada mañana con la voluntad intacta. A quien llega justo a fin de mes, o no llega, hay que reconocerle la creatividad, la paciencia y la fuerza para seguir adelante en un sistema que no siempre da segundas oportunidades.
Y a quienes viven en la calle, a la intemperie física y social, conviene felicitarlos por no desaparecer, por seguir siendo personas en un mundo que muchas veces los vuelve invisibles. No se trata de conformarse con la injusticia, sino de mirar de frente una realidad incómoda y admitir que sobrevivir también es un mérito.
Felicitar a los más vulnerables no reemplaza las políticas públicas ni la solidaridad concreta, pero sí cambia el tono con el que miramos al otro. Tal vez, si empezamos por ese gesto sencillo de respeto y reconocimiento, estemos un poco más cerca de construir una sociedad menos indiferente y un poco más humana.
