Mientras los puertos de interés general en España baten récords con más de 181 millones de toneladas movidas solo en el primer cuatrimestre del año, en Ceuta seguimos atrapados en una realidad que huele más a resignación que a progreso. Aquí también tenemos puerto, sí, y pronto, una flamante estación marítima en la que se han invertido más de 20 millones de euros. Pero, ¿para qué exactamente? Para seguir esperando como borregos, horas y horas, a que las navieras decidan si les apetece salir a su hora o no.
Mientras los puertos de interés general en España baten récords con más de 181 millones de toneladas movidas solo en el primer cuatrimestre del año, en Ceuta seguimos atrapados en una realidad que huele más a resignación que a progreso. Aquí también tenemos puerto, sí, y pronto, una flamante estación marítima en la que se han invertido más de 20 millones de euros. Pero, ¿para qué exactamente? Para seguir esperando como borregos, horas y horas, a que las navieras decidan si les apetece salir a su hora o no.
No se trata solo del dinero gastado, que ya de por sí impresiona en una ciudad con mil carencias. Se trata del desprecio al ciudadano. Porque de poco sirve tener una estación marítima que parezca un aeropuerto si el servicio sigue siendo el mismo de siempre: impuntual, caótico y sin consecuencias. Nos venden infraestructuras de vanguardia mientras seguimos anclados en un modelo de transporte que roza lo tercermundista.
La indignación crece cuando uno entiende que detrás de tantas obras, planes y comisiones hay más interés en la foto y en los aplausos de Madrid que en mejorar de verdad la calidad de vida de quienes usamos el puerto a diario. Porque, al final, todo parece girar en torno a lo mismo: quedar bien, ascender y asegurarse una jubilación dorada. Ceuta como trampolín, no como compromiso.
Eso sí, luego vendrán a inaugurar la estación con discursos grandilocuentes sobre conectividad, desarrollo y futuro. Palabras huecas para una ciudadanía cansada de esperar, literalmente. Esperar en colas eternas, esperar barcos con retraso, esperar que alguien se atreva a poner orden de una vez.
No es una cuestión de tener una estación bonita, sino de tener un puerto que funcione. Y, sobre todo, de dejar de tratar a los ceutíes como pasajeros de segunda. Porque merecemos algo más que arquitectura moderna y promesas que se las lleva el viento del Estrecho.
