Mi Rincón
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Dicen que España va como un cohete. Será para quien viaje en primera, porque el ciudadano de a pie hace tiempo que dejó de ver los fuegos artificiales. La realidad es otra muy distinta. Hay miles de jóvenes que han hecho exactamente lo que les dijeron que hicieran: estudiar, formarse, trabajar duro y esforzarse. ¿Y cuál ha sido la recompensa? Llegar a los treinta años sin poder independizarse, compartir piso o seguir viviendo con sus padres porque alquilar una vivienda es un lujo y comprarla, directamente, una fantasía.

Dicen que España va como un cohete. Será para quien viaje en primera, porque el ciudadano de a pie hace tiempo que dejó de ver los fuegos artificiales. La realidad es otra muy distinta. Hay miles de jóvenes que han hecho exactamente lo que les dijeron que hicieran: estudiar, formarse, trabajar duro y esforzarse. ¿Y cuál ha sido la recompensa? Llegar a los treinta años sin poder independizarse, compartir piso o seguir viviendo con sus padres porque alquilar una vivienda es un lujo y comprarla, directamente, una fantasía.

Mientras tanto, cada día es una carrera de obstáculos. El tren falla, el médico de cabecera te da cita para dentro de tres semanas, el coche con el que llevas veinte años ganándote la vida ya no puede entrar en muchas ciudades, los pequeños comercios de toda la vida desaparecen, los barrios cambian a un ritmo que muchos vecinos ni reconocen y la inseguridad preocupa cada vez más. Si encima tienes la mala suerte de que te roben el móvil, casi tienes que dar las gracias si todo queda ahí. Así vive mucha gente. No es un relato inventado. Es la conversación que se escucha en cualquier cafetería, en cualquier oficina o en cualquier reunión familiar.

Y, en medio de ese panorama, el Gobierno de Pedro Sánchez decide que una de sus prioridades sea impulsar una regularización masiva de cientos de miles de inmigrantes. Es difícil entender semejante decisión cuando millones de españoles sienten que el Estado hace años que dejó de mirar por ellos. No se trata de enfrentar a unos con otros. Se trata de preguntarse por qué siempre parece haber recursos, tiempo y voluntad política para abrir nuevos frentes mientras quienes sostienen el país con su trabajo siguen esperando soluciones a problemas que llevan demasiado tiempo enquistados.

Lo verdaderamente preocupante es la desconexión. Da la impresión de que Pedro Sánchez gobierna de espaldas a la calle. Mientras una generación entera ve cómo se le escapan las oportunidades de tener una vivienda, formar una familia o construir un proyecto de vida, desde La Moncloa se insiste en decisiones que aumentan la sensación de abandono. Cada anuncio de este tipo alimenta la percepción de que las prioridades del Gobierno están muy lejos de las preocupaciones reales de quienes madrugan, pagan impuestos y sienten que cada año reciben menos a cambio de su esfuerzo.

Los ciudadanos no piden milagros. Piden sentido común. Piden que antes de asumir nuevos compromisos con cientos de miles de personas que llegarán a depender, en mayor o menor medida, de unos servicios públicos ya saturados, se garantice que esos servicios funcionan para quienes llevan años sosteniéndolos. Porque un Gobierno que olvida a su propia gente corre el riesgo de perder algo mucho más importante que unas elecciones: la confianza de un país entero.

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Ceuta, Domingo 02 de Agosto del 2026

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