Al final siempre acabamos en lo mismo. Cuando en Ceuta la situación se complica, faltan efectivos y las cosas empiezan a desbordarse, aparecen los militares. Se tira del Ejército porque está ahí, porque responde y porque nunca dice que no. El problema viene después, cuando esos mismos soldados tienen que enfrentarse a situaciones que poco tienen que ver con su trabajo habitual y nadie parece tener demasiado claro hasta dónde pueden llegar.
Al final siempre acabamos en lo mismo. Cuando en Ceuta la situación se complica, faltan efectivos y las cosas empiezan a desbordarse, aparecen los militares. Se tira del Ejército porque está ahí, porque responde y porque nunca dice que no. El problema viene después, cuando esos mismos soldados tienen que enfrentarse a situaciones que poco tienen que ver con su trabajo habitual y nadie parece tener demasiado claro hasta dónde pueden llegar.
Por eso no resulta extraño que las asociaciones militares hayan terminado recurriendo al Defensor del Pueblo. Lo raro sería que siguieran callados. Si mandas a un soldado a vigilar la frontera, a encontrarse cara a cara con personas que intentan entrar irregularmente o a intervenir en momentos de tensión, lo mínimo es explicarle claramente qué puede hacer y qué no. Y, sobre todo, garantizarle que si cumple las órdenes recibidas no acabará después metido en un problema por haber hecho precisamente aquello que le mandaron.
Aquí llevamos demasiado tiempo utilizando el uniforme militar para tapar agujeros. Faltan policías, faltan guardias civiles, la frontera aprieta y, cuando no salen las cuentas, ahí está el Ejército. Pero una cosa es prestar apoyo en una situación excepcional y otra muy distinta convertir a los soldados en policías improvisados sin darles las mismas herramientas ni una cobertura jurídica suficientemente clara para afrontar determinadas situaciones.
Y tampoco estamos hablando de pedir privilegios. Estamos hablando de algo tan sencillo como buenos medios, protocolos que no dejen lugar a dudas, descanso cuando corresponda y respaldo cuando las cosas se ponen feas. Porque detrás del uniforme hay una persona que también recibe golpes, se cansa y tiene una familia esperando en casa. Parece una obviedad, pero algunas veces da la sensación de que se nos olvida.
Si el Estado considera que los militares tienen que estar en la frontera de Ceuta, que estén. Pero con todas las consecuencias. No vale colocarlos delante para solucionar el problema y dejarlos solos cuando aparecen las dudas jurídicas. Nuestros soldados pueden ser muchas cosas, pero no deberían convertirse en el parche permanente de aquello que otros no han sabido prever ni solucionar.