El descubrimiento del narcotúnel del Tarajal no fue solo una noticia de sucesos: fue un golpe directo a la confianza en nuestras instituciones. Hablar de pagos de hasta 100.000 euros por alijo a guardias civiles y de la implicación de un diputado local no es un simple escándalo, es dinamitar el relato de “frontera segura” y “Estado de derecho” en la línea más sensible de Europa.
El descubrimiento del narcotúnel del Tarajal no fue solo una noticia de sucesos: fue un golpe directo a la confianza en nuestras instituciones. Hablar de pagos de hasta 100.000 euros por alijo a guardias civiles y de la implicación de un diputado local no es un simple escándalo, es dinamitar el relato de “frontera segura” y “Estado de derecho” en la línea más sensible de Europa.
Se intenta reducir el caso a “cuatro manzanas podridas”, pero cuando alguien cava un túnel, mueve toneladas de droga y compra silencios tan caros, la pregunta es otra: ¿han fallado solo algunas personas o ha fallado el sistema de controles y supervisión? Una frontera que ve pasar túneles bajo sus pies tiene, como mínimo, un problema estructural.
Además, el narcotráfico no crece en el vacío. Encuentra tierra fértil en el paro juvenil, en la falta de expectativas, en barrios donde es más fácil conocer a un narco que a un empresario. Mientras salir del barrio sea más difícil que entrar en el “negocio”, siempre habrá candidatos.
El túnel ya está tapiado. Lo que falta por ver es si tapamos también las causas profundas o solo maquillamos otra vez la frontera oscura de Ceuta y algunas autoridades por decir algo.
