Ayer domingo, a las nueve y media de la mañana, un sismo de magnitud 2,5 recordó a los ceutíes que la solidez del asfalto es una ilusión. El epicentro, situado en el norte de Marruecos, hizo vibrar las ventanas y el mobiliario de las zonas altas de la ciudad, desde el inicio del Monte Hacho hasta las barriadas más expuestas. No hubo daños materiales ni personales; apenas fue un leve temblor que, sin embargo, desató una inmediata oleada de comentarios en las redes sociales. Un susto dominical que se digiere rápido, pero que deja un poso de inquietud flotando en el ambiente.
Ayer domingo, a las nueve y media de la mañana, un sismo de magnitud 2,5 recordó a los ceutíes que la solidez del asfalto es una ilusión. El epicentro, situado en el norte de Marruecos, hizo vibrar las ventanas y el mobiliario de las zonas altas de la ciudad, desde el inicio del Monte Hacho hasta las barriadas más expuestas. No hubo daños materiales ni personales; apenas fue un leve temblor que, sin embargo, desató una inmediata oleada de comentarios en las redes sociales. Un susto dominical que se digiere rápido, pero que deja un poso de inquietud flotando en el ambiente.
Esa reacción colectiva no es casual. En un momento global de extrema sensibilidad, donde las imágenes de catástrofes naturales al otro lado del Atlántico inundan las pantallas de nuestros teléfonos, estos pequeños recordatorios de la geología local adquieren una dimensión psicológica ineludible. Ceuta, por su propia naturaleza confinada e hiperconectada, tiende a amplificar la sensación de vulnerabilidad. El temblor no solo sacude las paredes; sacude también la falsa certeza de que estamos a salvo de los caprichos de la tierra, avivando un temor latente en una Ciudad que sabe perfectamente lo que significa vivir rodeada de fronteras y límites geográficos.
Vivir sobre una falla activa nos obliga a convivir con la incertidumbre. Más allá de la anécdota del café interrumpido o el mensaje de WhatsApp de alerta al vecino, el sismo de este fin de semana es una lección de humildad frente a la naturaleza. Nos recuerda que, por encima de los debates cotidianos y las fronteras de hormigón, compartimos un territorio físico tan singular como frágil. La estabilidad, a veces, depende de hilos mucho más profundos de lo que estamos dispuestos a admitir.
