Hay un ruido de fondo en la radiotelevisión pública de Ceuta. No es el de los micrófonos en directo, ni la sintonía de un programa. Es un ruido más sordo, el de los pasillos, el de las salas de reuniones, el de los despachos. Es el sonido de una institución que parece navegar en una tormenta permanente, donde la gestión cotidiana se convierte en noticia y el propio funcionamiento interno es objeto de escrutinio y controversia.
Hay un ruido de fondo en la radiotelevisión pública de Ceuta. No es el de los micrófonos en directo, ni la sintonía de un programa. Es un ruido más sordo, el de los pasillos, el de las salas de reuniones, el de los despachos. Es el sonido de una institución que parece navegar en una tormenta permanente, donde la gestión cotidiana se convierte en noticia y el propio funcionamiento interno es objeto de escrutinio y controversia.
Últimamente, la cosa está "movidita", por emplear un eufemismo. Lo que se vislumbra desde fuera es un ente público, una sociedad municipal, que parece una novela de intriga sin fin. Los capítulos se suceden con títulos preocupantes: protocolo de acoso laboral activado, extras por cubrir el encendido de la ciudad, horas extraordinarias que superan los límites legales. Y como consecuencia, y por mucho menos han habido destituciones o intentos de destitución de directores y gerentes. Es un panorama que pinta una imagen de desgobierno, opacidad y, en el mejor de los casos, de una gestión cuanto menos cuestionable.
Más allá de la anécdota concreta de cada caso, este goteo incesante de problemas señala una crisis estructural. RTVCE, como medio público, tiene una misión de servicio esencial: informar, entretener, educar y ser el altavoz de la ciudadanía ceutí. Sin embargo, ¿cómo puede cumplir con esa noble tarea cuando su propia casa está en permanente convulsión? La credibilidad de un medio se construye también desde la ejemplaridad interna. No se puede exigir transparencia a los demás si la propia gestión se envuelve en sombras y polémicas.
Los supuestos casos de extras e irregularidades en las retribuciones no son solo un problema contable o de cumplimiento normativo. Son, sobre todo, un gravísimo problema de ética pública. Cada euro de más que se paga de forma irregular es un euro que se resta del servicio público. Socava la confianza de los ciudadanos en la institución y daña la moral de los trabajadores que sí cumplen escrupulosamente con su deber.
La activación de protocolos por acoso laboral es quizás el síntoma más grave. Indica un clima tóxico, un entorno de trabajo enrarecido donde la dignidad de las personas puede estar en juego. Un medio de comunicación, que debe ser espejo de la sociedad, no puede permitirse ser un lugar hostil para quienes lo integran.
La ciudadanía de Ceuta merece una radiotelevisión pública fuerte, estable, modélica en su gestión y brillante en su contenido. No un foco permanente de polémicas administrativas y laborales. Es urgente que los responsables políticos, como accionistas únicos de esta sociedad municipal, tomen cartas en el asunto de manera decidida y transparente. No basta con cambiar cargos o abrir expedientes de forma reactiva. Se necesita una auditoría integral, una redefinición clara de sus procesos y, sobre todo, un compromiso firme con la depuración de responsabilidades y la regeneración institucional.
El ruido en RTVCE debe cesar. Para que solo se escuche lo importante: la voz de Ceuta.
