La reciente declaración de la Conferencia Episcopal, reconociendo con dolor la “verosimilitud” de la acusación contra el obispo Zornoza, ha dejado a muchos fieles y ciudadanos con el corazón encogido. No es fácil asimilar que alguien a quien se le tenía respeto, afecto y hasta admiración pueda estar bajo la sombra de un señalamiento tan grave. Es una noticia que remueve, no solo por lo que implica, sino porque toca de lleno la confianza que la gente deposita en sus pastores.
La reciente declaración de la Conferencia Episcopal, reconociendo con dolor la “verosimilitud” de la acusación contra el obispo Zornoza, ha dejado a muchos fieles y ciudadanos con el corazón encogido. No es fácil asimilar que alguien a quien se le tenía respeto, afecto y hasta admiración pueda estar bajo la sombra de un señalamiento tan grave. Es una noticia que remueve, no solo por lo que implica, sino porque toca de lleno la confianza que la gente deposita en sus pastores.
Por supuesto, la presunción de inocencia sigue siendo un principio intocable. Nadie debería ser juzgado antes de tiempo, y menos en el tribunal del rumor o de la sospecha. Pero cuando la propia Iglesia reconoce la “verosimilitud” de una acusación, la conmoción se hace inevitable. La palabra pesa, y mucho, sobre todo cuando proviene de quienes suelen ser prudentes y reservados en estos temas.
Resulta difícil creerlo, porque quien conoció al obispo Zornoza lo describe como una persona amable, educada, cercana. Esa dualidad entre la imagen pública y la sospecha privada es lo que más descoloca. ¿Cómo conciliar la bondad percibida con la posibilidad del error o la culpa? Quizás ahí radica el verdadero drama humano de estas situaciones: que nadie está libre de la contradicción ni del misterio de su propia condición.
Sea cual sea el desenlace, lo cierto es que esta noticia deja un regusto amargo. Una pena, porque se le tenía aprecio y cariño, y porque el daño —si lo hubo— trasciende a las personas y alcanza a toda una comunidad que ahora se siente herida y confundida. Ojalá la verdad, cuando llegue, pueda sanar algo de este dolor que, por ahora, es compartido y profundo.
