La Armada ha anunciado con solemnidad que el patrullero Medas ha completado una misión de vigilancia y disuasión en el sur peninsular. Suena contundente, casi tranquilizador. El problema es que muchos ciudadanos se hacen la misma pregunta: ¿a quién vigilan exactamente y a quién están disuadiendo? Porque mientras se emiten notas oficiales, las narcolanchas siguen entrando y saliendo con absoluta tranquilidad, las motos de agua campan a sus anchas y la inmigración irregular continúa llegando prácticamente a diario por nuestras costas.
La Armada ha anunciado con solemnidad que el patrullero Medas ha completado una misión de vigilancia y disuasión en el sur peninsular. Suena contundente, casi tranquilizador. El problema es que muchos ciudadanos se hacen la misma pregunta: ¿a quién vigilan exactamente y a quién están disuadiendo? Porque mientras se emiten notas oficiales, las narcolanchas siguen entrando y saliendo con absoluta tranquilidad, las motos de agua campan a sus anchas y la inmigración irregular continúa llegando prácticamente a diario por nuestras costas.
La sensación en la calle es que existe una enorme distancia entre el discurso institucional y la realidad visible. Si el objetivo es combatir el narcotráfico o reforzar el control marítimo, quizá convendría explicar con más claridad qué resultados concretos se han obtenido. Porque hablar de “misiones de disuasión” mientras cualquiera puede grabar movimientos ilegales desde la playa acaba generando más ironía que tranquilidad.
También llama la atención el silencio habitual cuando aparecen patrulleras marroquíes actuando muy cerca de aguas sensibles o cuando determinadas situaciones parecen resolverse siempre con discreción diplomática. La ciudadanía no pide secretos militares, pero sí algo de transparencia y una mínima sensación de control.
El problema no es el Medas ni sus tripulantes, que cumplen órdenes y hacen su trabajo. El problema es el mensaje político que intenta venderse después. Porque cuando la realidad contradice continuamente el relato oficial, la desconfianza acaba navegando más rápido que cualquier patrullero.
