Mi Rincón
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Lo de Obimasa ha abierto una herida que no deja de crecer. Ya no se trata únicamente de un proceso concreto ni de unas notas que han levantado sospechas. El problema es otro: la sensación cada vez más extendida entre muchos ciudadanos de que en determinadas empresas municipales siempre pasan cosas parecidas y de que nadie parece dispuesto a llegar hasta el final para aclararlas.

Lo de Obimasa ha abierto una herida que no deja de crecer. Ya no se trata únicamente de un proceso concreto ni de unas notas que han levantado sospechas. El problema es otro: la sensación cada vez más extendida entre muchos ciudadanos de que en determinadas empresas municipales siempre pasan cosas parecidas y de que nadie parece dispuesto a llegar hasta el final para aclararlas.

Pero si hay algo que sorprende más que las dudas sobre las oposiciones es el silencio de la oposición. Porque cuando un gobierno se equivoca, la obligación de la oposición es denunciarlo. Cuando aparecen sospechas, su obligación es pedir explicaciones. Y cuando la confianza de la ciudadanía empieza a resquebrajarse, su deber es fiscalizar hasta el último papel. Para eso cobran un sueldo público. Para eso les votan.

Y hay un detalle que resulta imposible ignorar. Curiosamente, cada vez que surge una polémica relacionada con procesos de selección, contrataciones o decisiones que generan desconfianza, el foco acaba apuntando a empresas públicas que dependen de la misma área política. Obimasa es el último ejemplo, pero no es el único. Todas esas sociedades tienen un denominador común: están bajo la órbita del consejero Alejandro Ramírez. Quizá sea una casualidad. Quizá no. Precisamente por eso hacen falta explicaciones y no silencios.

Por eso resulta difícil entender que algunos partidos permanezcan prácticamente desaparecidos mientras crece el malestar en la calle. ¿Es miedo? ¿Es comodidad? ¿Es cálculo político? La pregunta es legítima. Porque quien guarda silencio ante un problema que afecta al acceso al empleo público acaba transmitiendo la sensación de que el asunto no le preocupa demasiado. Y eso también tiene consecuencias.

La política no consiste solo en hablar cuando llegan las elecciones. También consiste en dar la cara cuando las cosas se ponen feas. Y a estas alturas, tan preocupante como las sospechas que rodean algunos procesos es la actitud de quienes parecen haber decidido mirar hacia otro lado. Porque cuando las dudas siempre aparecen en el mismo entorno político y nadie exige responsabilidades, el problema deja de ser únicamente de quien gobierna. También pasa a ser de quienes deberían controlar al que gobierna y no lo hacen.

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Ceuta, Domingo 02 de Agosto del 2026

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