Cada vez que se produce una gran operación antidroga, ya sea en el Estrecho o en la valla, surge la misma sensación: si quieren, pueden. El Estado, con todos sus medios —barcos, helicópteros, satélites y tecnología punta— es perfectamente capaz de desarticular redes, vigilar rutas y cerrar el grifo del narcotráfico. Pero, curiosamente, ese músculo solo se muestra en momentos puntuales. Mientras tanto, lanchas narco cruzan el mar como Pedro por su casa y las redes de tráfico humano y de drogas hacen y deshacen a su antojo.
Cada vez que se produce una gran operación antidroga, ya sea en el Estrecho o en la valla, surge la misma sensación: si quieren, pueden. El Estado, con todos sus medios —barcos, helicópteros, satélites y tecnología punta— es perfectamente capaz de desarticular redes, vigilar rutas y cerrar el grifo del narcotráfico. Pero, curiosamente, ese músculo solo se muestra en momentos puntuales. Mientras tanto, lanchas narco cruzan el mar como Pedro por su casa y las redes de tráfico humano y de drogas hacen y deshacen a su antojo.
El mensaje que cala entre la ciudadanía es peligroso: parece que hay manos atadas por voluntad propia. Porque no es solo una cuestión de medios, sino de decisión política. Todos sabemos que si el Gobierno decidiera poner coto de verdad al narcotráfico, especialmente en zonas como el Campo de Gibraltar o la costa ceutí, los resultados serían fulminantes. Pero algo —o alguien— siempre frena. Y muchos señalan a Rabat.
Sí, porque resulta que el vecino del sur, el “aliado estratégico”, tiene la llave de muchos de los problemas fronterizos. Y cuando el Estado español actúa con contundencia en temas sensibles como el tráfico de drogas, el tirano que gobierna al otro lado del Estrecho se enfada. Y entonces vienen los chantajes: se sueltan migrantes, se tensionan las fronteras, se paraliza la cooperación. Así funciona esta peligrosa diplomacia del miedo.
Lo preocupante no es solo que Marruecos juegue a esto, sino que España lo permita. Que nuestros cuerpos y fuerzas de seguridad tengan que actuar con un ojo puesto en lo que pensará Mohamed VI. Como si la soberanía nacional estuviera subordinada a los humores de una dictadura vecina. Como si proteger nuestras costas y nuestras calles dependiera del “ok” del Palacio Real de Rabat.
Mientras eso no cambie, el tráfico de drogas seguirá siendo un negocio floreciente. Porque está claro que, cuando se quiere, se puede. Pero por ahora, parece que no se quiere lo suficiente.
