Cinco años después de aquellas imágenes que dejaron a Ceuta marcada para siempre, la sensación en la ciudad sigue siendo la misma: abandono. Da igual el color político del Gobierno de turno o las promesas lanzadas desde Madrid cada vez que la presión migratoria aprieta. La frontera continúa transmitiendo fragilidad y los ceutíes tienen la impresión de que, cuando pasa la tormenta mediática, Ceuta vuelve a quedar sola.
Cinco años después de aquellas imágenes que dejaron a Ceuta marcada para siempre, la sensación en la ciudad sigue siendo la misma: abandono. Da igual el color político del Gobierno de turno o las promesas lanzadas desde Madrid cada vez que la presión migratoria aprieta. La frontera continúa transmitiendo fragilidad y los ceutíes tienen la impresión de que, cuando pasa la tormenta mediática, Ceuta vuelve a quedar sola.
Lo ocurrido en mayo de 2021 no fue un incidente menor ni una simple crisis migratoria. Fue una demostración de fuerza de Marruecos utilizando a miles de personas para lanzar un mensaje político a España. Y eso, por mucho que algunos quieran suavizarlo con palabras diplomáticas, dejó una herida profunda en la ciudad. Por eso cuesta entender que, cinco años después, siga sin existir una respuesta clara y contundente para blindar la frontera y evitar que una situación así vuelva a repetirse.
Mientras tanto, la presión migratoria continúa, el CETI vive episodios constantes de saturación y los recursos para menores están al límite. A eso se suman problemas gravísimos como los narcotúneles descubiertos en el Tarajal, que evidencian que las amenazas a la seguridad van mucho más allá de la inmigración irregular. Ceuta necesita infraestructuras modernas, más medios humanos y una estrategia seria, no titulares vacíos cada vez que ocurre una crisis.
La reciente intervención del presidente de Juan Jesús Vivas en Madrid pidiendo más atención para Ceuta vuelve a poner sobre la mesa una realidad incómoda: la ciudad lleva años reclamando soluciones estructurales mientras el Estado responde a base de parches. Y eso genera cansancio, frustración y una sensación creciente de que Ceuta solo interesa cuando hay imágenes impactantes en televisión.
Lo peor sería acostumbrarse. Normalizar que la frontera sur de Europa siga dependiendo de la buena voluntad de Marruecos sería un error histórico. Ceuta no puede vivir permanentemente en la incertidumbre ni convertirse en moneda de cambio diplomática. Cinco años después, la pregunta sigue siendo tan simple como incómoda: ¿de verdad alguien ha aprendido algo de aquello?
