El “Plan Estratégico 2026” volvió esta semana al Pleno con promesas, cifras y discursos que, sobre el papel, suenan ambiciosos. Pero en la calle, la sensación sigue siendo la misma de siempre: Ceuta continúa viviendo de espaldas a la Península. Porque de poco sirve hablar de desarrollo económico, turismo o atracción de inversiones si viajar sigue siendo, para muchos ceutíes, un lujo reservado para quien puede pagarlo o permitirse perder horas en una odisea logística.
El “Plan Estratégico 2026” volvió esta semana al Pleno con promesas, cifras y discursos que, sobre el papel, suenan ambiciosos. Pero en la calle, la sensación sigue siendo la misma de siempre: Ceuta continúa viviendo de espaldas a la Península. Porque de poco sirve hablar de desarrollo económico, turismo o atracción de inversiones si viajar sigue siendo, para muchos ceutíes, un lujo reservado para quien puede pagarlo o permitirse perder horas en una odisea logística.
La realidad es tozuda. Mientras otras ciudades hablan de alta velocidad, conexiones internacionales o ampliaciones aeroportuarias, aquí seguimos pendientes del precio de un billete de barco que, incluso con descuento de residente, muchas veces resulta prohibitivo. Y no solo afecta al bolsillo de quien quiere visitar a su familia o salir unos días; afecta también a la economía local, al comercio y, sobre todo, al turismo nacional, que ve Ceuta como un destino atractivo… hasta que consulta cuánto cuesta llegar.
El problema no es únicamente económico. También es psicológico. Ceuta lleva años escuchando anuncios de planes estratégicos, inversiones y medidas “históricas”, pero la percepción ciudadana sigue marcada por la desconexión. La ciudad vive una especie de insularidad terrestre: está en el continente africano, conectada por mar con Europa, pero muchas veces parece atrapada en un limbo donde entrar y salir depende demasiado de precios desorbitados, horarios limitados y una incertidumbre constante.
Y ahí es donde el debate debería dejar de centrarse únicamente en partidas presupuestarias y empezar a hablar de prioridades reales. Porque garantizar una conexión digna, estable y asequible con la Península no debería verse como un privilegio ni como una reivindicación puntual, sino como una cuestión básica de igualdad territorial. No puede hablarse de cohesión mientras viajar desde Ceuta siga siendo más complicado y caro que desplazarse entre muchos países europeos.
Quizás el verdadero reto del “Plan Estratégico 2026” no sea levantar nuevos proyectos ni redactar más documentos institucionales. Quizás el desafío sea algo mucho más simple y mucho más urgente: conseguir que los ceutíes dejen de sentirse aislados en su propia ciudad.
