No deja de sorprenderme que, en pleno 2025, haya empresas que aún traten a las mascotas —y, por extensión, a sus dueños— como un estorbo. La última en sumarse a esta lamentable tendencia es FRS, que ha decidido limitar todavía más los espacios destinados a los perros en sus embarcaciones. Una medida que, lejos de mejorar la convivencia a bordo, solo demuestra una desconexión absoluta con la realidad de cientos de familias que viajan a diario con sus compañeros de cuatro patas.
No deja de sorprenderme que, en pleno 2025, haya empresas que aún traten a las mascotas —y, por extensión, a sus dueños— como un estorbo. La última en sumarse a esta lamentable tendencia es FRS, que ha decidido limitar todavía más los espacios destinados a los perros en sus embarcaciones. Una medida que, lejos de mejorar la convivencia a bordo, solo demuestra una desconexión absoluta con la realidad de cientos de familias que viajan a diario con sus compañeros de cuatro patas.
Porque sí, hablamos de familias. De personas que no dejan a sus perros atrás, que los integran en su vida y sus viajes, y que esperan —con toda lógica— un mínimo de respeto. Pero FRS parece preferir dar la espalda a estas necesidades, restringiendo espacios hasta volver casi imposible un viaje digno para quienes comparten su vida con un animal. Un trato que roza lo indignante y que evidencia una visión anticuada y poco empática.
Lo más grave es que estas decisiones no nacen de un problema real, sino de la comodidad de la empresa. Es más fácil limitar que mejorar. Más fácil recortar que adaptar. Mientras otras navieras avanzan hacia modelos más inclusivos, FRS retrocede, como si la presencia de perros fuera un capricho y no una realidad social consolidada.
Por eso, esta política no solo es un error: es una falta de respeto. Un mensaje claro de que sus pasajeros con mascotas valen menos, importan menos y merecen menos. Y si algo deberían tener claro las compañías que viven del transporte de personas es que “persona” incluye a quien viaja con todo aquello que forma parte de su vida. Incluidos sus animales.
FRS debería rectificar, y debería hacerlo rápido. Porque ninguna familia —humana o peluda— merece sentirse marginada en un servicio que, se supone, es para todos. Y porque limitar espacios no soluciona problemas: solo crea otros nuevos y, en este caso, totalmente evitables.
