Hay visitas oficiales que pesan más por lo que evitan que por lo que anuncian. La llegada de Pedro Sánchez a Ceuta, con foco casi exclusivo en la inauguración de la nueva terminal portuaria, dejó una estampa pulida pero un vacío difícil de ignorar: la frontera, la verdadera patata caliente de la ciudad, quedó fuera de agenda. Y eso, para una Ceuta que vive mirando cada día a ese límite tensionado, se siente casi como una falta de respeto.
Hay visitas oficiales que pesan más por lo que evitan que por lo que anuncian. La llegada de Pedro Sánchez a Ceuta, con foco casi exclusivo en la inauguración de la nueva terminal portuaria, dejó una estampa pulida pero un vacío difícil de ignorar: la frontera, la verdadera patata caliente de la ciudad, quedó fuera de agenda. Y eso, para una Ceuta que vive mirando cada día a ese límite tensionado, se siente casi como una falta de respeto.
Porque sí, inaugurar infraestructuras está bien, cortar cintas luce en las fotos y el puerto es importante para la economía local. Pero no venir a ver la frontera —ni sus carencias, ni el desgaste de quienes la sostienen, ni el estado de unas instalaciones que llevan años pidiendo una modernización real— huele más a acto pactado que a compromiso sincero. Uno no entiende Ceuta sin pisar su frontera, y evitarla es como visitar un hospital sin pasar por urgencias.
A Sánchez le gusta exhibirse cuando el decorado acompaña, y esta visita parecía diseñada para eso: un baño de aplausos entre autoridades, una obra vistosa y ninguna incomodidad en el recorrido. Pero Ceuta no necesita visitantes de protocolo, necesita decisiones valientes. Necesita que quien gobierna España vea de cerca el punto donde se juega, día sí y día también, la seguridad, la presión migratoria y la estabilidad de toda la ciudad.
Mientras tanto, en la frontera siguen los agentes trabajando con medios insuficientes, lidiando con tensiones constantes y haciendo encaje de bolillos para contener situaciones que, desde los despachos de Madrid, suenan lejanas. Que el presidente evitara esa realidad no solo es un error político: es un gesto negligente hacia Ceuta y hacia quienes sostienen ese muro invisible que muchos prefieren no mirar.
Ceuta no necesita más alfombras rojas. Necesita que el presidente venga a ver lo que duele, no solo lo que brilla.
