Vivir en Ceuta no debería ser un factor de riesgo para la salud ni un obstáculo para el desarrollo académico. Sin embargo, al finalizar este 2025, la sensación de ser ciudadanos de segunda clase en el acceso a servicios básicos sigue instalada en el ánimo de los ceutíes. La insularidad terrestre que define a nuestra ciudad exige un compromiso que vaya más allá de las palabras: exige un blindaje real de nuestra Sanidad y nuestra Educación.
Vivir en Ceuta no debería ser un factor de riesgo para la salud ni un obstáculo para el desarrollo académico. Sin embargo, al finalizar este 2025, la sensación de ser ciudadanos de segunda clase en el acceso a servicios básicos sigue instalada en el ánimo de los ceutíes. La insularidad terrestre que define a nuestra ciudad exige un compromiso que vaya más allá de las palabras: exige un blindaje real de nuestra Sanidad y nuestra Educación.
En el ámbito sanitario, el balance del año es preocupante. A pesar de las promesas de incentivos para las "zonas de difícil cobertura", la realidad en el Hospital Universitario y en los centros de salud es de una precariedad que roza lo insostenible. La falta de especialistas —especialmente en áreas críticas como oncología, psiquiatría o pediatría— no es solo un problema administrativo; es una vulnerabilidad humana. No podemos aceptar que el tiempo de espera para una cirugía especializada o una consulta diagnóstica sea significativamente mayor en Ceuta que en cualquier capital peninsular. El INGESA debe entender que sin un plus de residencia atractivo y una estabilidad laboral real, el talento médico seguirá viendo a nuestra ciudad como un destino de paso y no como un proyecto de vida.
En las aulas, la situación no es mucho mejor. Ceuta sigue ostentando, lamentablemente, algunas de las ratios de alumnos por aula más altas de todo el país, rozando los 30 estudiantes en niveles de Secundaria y Bachillerato en varios centros. La construcción de nuevas infraestructuras educativas, como el esperado Brull, avanza a un ritmo que no compite con la urgencia demográfica y social de la ciudad. El Ministerio de Educación no puede seguir gestionando nuestra enseñanza desde la distancia de Madrid, ignorando que aquí la educación es la principal herramienta de cohesión social y el único ascensor real para miles de jóvenes.
Además, este 2025 ha puesto de manifiesto la necesidad urgente de reforzar la salud mental infantojuvenil y la atención a la diversidad, áreas donde los recursos actuales son claramente insuficientes para atender la complejidad de nuestra pirámide poblacional.
Sostenemos que el "blindaje" de estos servicios no es un privilegio, sino un derecho constitucional. Si el Estado presume de la españolidad de Ceuta en los foros diplomáticos, debe demostrarlo garantizando que un niño ceutí tenga las mismas oportunidades de aprendizaje que uno de Madrid, y que un paciente de nuestra ciudad reciba la misma calidad asistencial que uno de Sevilla.
La soberanía también se ejerce cuidando a quienes viven en la frontera. Un hospital sin médicos y unas aulas masificadas son la mayor debilidad de una sociedad. Es hora de que el Estado deje de mirar las estadísticas de Ceuta con resignación y empiece a gestionarlas con la inversión y el respeto que esta ciudad merece.

