Lo que se describe sobre las instalaciones de Servilimpce, no retrata una empresa pública del siglo XXI, sino un escenario impropio, precario y humillante para cualquier trabajador. No se puede hablar de dignidad laboral mientras la plantilla soporta caracolas provisionales, goteras, enchufes por los que entra agua cuando llueve, vestuarios con elementos punzantes y espacios que, lejos de proteger, ponen en riesgo a quienes cada día sostienen un servicio esencial para la ciudad.
Lo que se describe sobre las instalaciones de Servilimpce, no retrata una empresa pública del siglo XXI, sino un escenario impropio, precario y humillante para cualquier trabajador. No se puede hablar de dignidad laboral mientras la plantilla soporta caracolas provisionales, goteras, enchufes por los que entra agua cuando llueve, vestuarios con elementos punzantes y espacios que, lejos de proteger, ponen en riesgo a quienes cada día sostienen un servicio esencial para la ciudad.
La imagen que se proyecta es demoledora. Operarios cruzando charcos casi a nado, dependencias en condiciones indignas y hasta episodios de insalubridad que, según se denuncia, habrían afectado a personal de la propia administración. Todo ello, además, durante casi dos años. Demasiado tiempo para mirar hacia otro lado. Demasiado tiempo para el silencio. Demasiado tiempo para la indiferencia.
Aquí ya no basta con escudarse en excusas técnicas, en provisionalidades eternas o en el “ya se arreglará”. Sobre estas denuncias que responden a la realidad absoluta, alguien tiene que asumir responsabilidades políticas, técnicas y preventivas. Porque cuando la seguridad falla, cuando la salud laboral se deteriora y cuando la imagen de la empresa queda arrastrada por el barro, no estamos ante una simple mala gestión: estamos ante un fracaso intolerable.
Servilimpce no puede seguir instalada en la chapuza. Y los trabajadores tampoco.



